Carlos Saura:
«En España aún hay miedo a hacer una película sobre la Guerra Civil»

Carlos Saura en la cineteca de Madrid – ISABEL PERMUY

El director aragonés, que protagoniza la retrospectiva de la XIII edición de DocumentaMadrid, asegura disfrutar con filmes de catástrofes como «El día de mañana»

Guardado en: Relajarse – Temas: Viridiana , Cannes , Festivales de cine , Directores de cine , Festival de cine de San Sebastian , Cine , Películas

«Quiero mucho a Carlos Saura (Huesca, 1932) y creo en él, aunque es un poco alemán. A veces le digo que no tiene sentido del humor», contaba Luis Buñuel, con su habitual socarronería. Pero cuesta creerlo, porque durante la entrevista con ABC en la Cineteca del Matadero, con motivo de la retrospectiva que le dedica la XIII edición de DocumentaMadrid, el director aragonés bromea sin parar, ríe con ganas, se muestra cercano con todos y se presta a las fotografías con gusto, a pesar de que llevan haciéndoselas más de medio siglo. En concreto, desde que le invitarán por primera vez al Festival de Cannes con «Los golfos», en 1959. «No sé si Buñuel pudo decir eso, con la de veces que nos emborrachamos y nos fuimos de juerga juntos», señala.

Conseguir que concentre sus respuestas es una tarea complicada de consecuencias placenteras, porque en esos vaivenes de su memoria nos enteramos de que una fotografía que hizo con 17 años fue portada de ABC («¡Me dieron 25 pesetas, fíjate! Eso ya era lo más. Pensé que ya tenía mi carrera hecha»), de los suspensos que le ponían en el colegio por decir que el hombre descendía del mono, del titular de aquel periódico francés que informó de que «Geraldine Chaplin sale con un playboy español» en referencia a él, de la última visita que le hizo el director de «Viridiana» dos meses antes de morir o de las 700 cámaras que ha acumulado a lo largo de las décadas, con algunas de las cuales realizó en los años 50 y 60 los retratos que va a publicar la prestigiosa editorial alemana Steidl en un «precioso libro». Todo un desfile de anécdotas que solo interrumpe cuando su hija Anna, de 21 años, su «musa», hace acto de presencia y el rostro se le ilumina. «Ven aquí, dame un beso, maleducada», espeta con una sonrisa.

—Otro homenaje. Parece que le quieren retirar, aunque usted siga rodando.

—Me hubiera gustado que me hubieran hecho más homenajes cuando era más joven. Ahora me abruma y tengo que decir que no a muchos, porque si son en Moscú o Nueva York, pierdo demasiado tiempo que prefiero utilizar para trabajar.

—Dijo en una entrevista con ABC en 1973 que «si algún día tuviera que ser juzgado como director, que fuese a la edad de Buñuel», que entonces tenía 73 años. ¿Ahora que tiene 84 le da igual?

—No sería justo decir eso, pero la verdad es que, desde que empecé a hacer cine, ya me han etiquetado de muchas maneras. Desde las que decían que era un genio a las que me calificaban de imbécil.

—¿Cree que no le han tratado bien en España?

—No puedo decir que no, pero me han tratado mucho mejor en el extranjero. Si no hubiese sido por los festivales de Cannes, Berlín o Nueva York, yo no habría podido seguir haciendo cine. De hecho, cuando fui por primera vez a Cannes, con «Los Golfos», la censura aprovechó mi viaje para cortarme 15 minutos de la película. España es muy cruel. Una vez Mario Camus dijo: «En este país nadie puede creerse que es algo, porque enseguida te van a dar con un martillo en la cabeza». Tenía razón.

—¿De dónde viene ese amor por la música que le ha llevado a hacer todas esas películas musicales?

—De toda la vida. Mi madre fue pianista profesional y he escuchado música clásica toda mi vida, a compositores como Chopin o Schubert. Aunque yo era la oveja negra, porque me gustaba el flamenco. Entre los 18 y 20 años, además, fui el fotógrafo oficial de los festivales de música y danza de Granada y Santander. Más tarde hice la trilogía con Antonio Gades [«Bodas de sangre», 1981; «Carmen», 1983, y «Amor brujo, 1986] y, en 1991, «Sevillanas», la primera película con la que empecé a hacer este tipo de cine musical sin argumento que no había hecho nunca. Fue una gran novedad.

—¿Su concepto de la música en el cine cambió a raíz de filmes como «Flamenco», que estrenó en 1995?

—No. La música en mis películas siempre me ha preocupado mucho y he intentado no usarla de una manera frívola para acompañar cosas inútiles, como ocurre tantas veces en el cine. Sobre todo en el cine americano actual con esos bombardeos sonoros que lo único que hacen es tapar carencias.

—Nadie recuerda que su primer corto, de 1955, también se titulaba «Flamenco» y era un documental, aunque nada tenía que ver con lo musical.

—Eso es complicado, porque aquel primer cortometraje de ocho minutos que rodé en 16 milímetros cuando aún era estudiante, en el que retrataba a mi hermano pintando un cuadro, desapareció cuando los ultras incendiaron su casa de Cuenca. Ya no existe.

—¿En los últimos años se ha centrado en los documentales por la dificultad para encontrar financiación para sus películas?

—Algo puede haber de eso, pero no tanto porque podría hacer una película como «La caza», con cuatro personas y en cuatro semanas, que, sobre todo ahora con las cámaras digitales, no costaría dinero. Este cine musical lo hago porque me da una libertad enorme para improvisar y experimentar. Nadie me controla.

—De hecho, ahora lo hace todo con cámaras digitales. ¿Ha renegado de la película?

—Totalmente. Me parece que la película se acabó. Yo hace muchos años que me pasé a la cámara digital. Soy de los pioneros, cuando todo el mundo decía que era un desastre. Hoy son mejores y más fáciles de manejar que las analógicas, y luego en un ordenador puedes hacer lo que te de la gana con las imágenes.

—¿Tiene alguna historia guardada que se le resista contar?

—Una no, muchas. Tengo varios guiones importantes escritos que me gustaría hacer, como, por ejemplo, uno sobre Felipe II. Lo escribí también para el teatro, pero tampoco se ha hecho. Escribí un guión hace tiempo sobre la Guerra Civil española, titulado «¡Esa luz!», que terminé publicándolo en varios países como novela porque no pude llevarlo al cine.

—¿Por qué no pudo?

—Porque es muy costosa, pero también porque la Guerra Civil sigue siendo un tabú en este país. Es absurdo, porque fuera sí se hacen películas sobre la Segunda Guerra Mundial o las guerras de Vietnam y Corea. En España aún hay miedo a hacer una película sobre la Guerra Civil. Hay una especie de autocensura por parte de los directores o de los propios guionistas. Nadie se atreve a meterse con el Ejército o la Iglesia, mientras que en Estados Unidos ves filmes en los que el presidente es un tipo que viola chicas y mata.

—Rodó «La caza» en 1966, en la que se analizaba, mediante un grupo de amigos en un amistoso día de caza que acaba en pelea, las heridas provocadas por la guerra civil. ¿Tendría sentido una secuela en el momento actual?

—Me parece una idea muy buena, con cuatro amigos de partidos políticos de ahora que acaban pegándose tiros. Mira, no se me había ocurrido nunca [risas].

—¿Alguna vez le han tentado desde algún partido?

—No. Y nunca ha querido pertenecer a uno. En el fondo soy un anarquista, un librepensador.

—¿Cómo fue su relación con Charlie Chaplin mientras estuvo saliendo con su hija Geraldine?

—Cuando hicimos «Pippermint Frappé» (1967), no quería saber nada de mí. Luego su secretaria vio la película y convenció a Chaplin y a su mujer, Oona O’Neill, para que fueran a verla. Después me mandó una nota diciendo que era una de los filmes más hermosos que había visto nunca y que José Luis López Vázquez era uno de los mejores actores del mundo. A partir de ahí comencé a ir a la casa de los Chaplin como si fuese de la familia. Tenía siempre un Bentley en la puerta de mi casa que me llevaba hasta la suya.

—¿Y ahora va al cine?

No mucho, solo cuando me lleva mi hija. Veo películas en casa, donde tengo un proyector estupendo. Y ahora me he comprado una de esas televisiones gigantescas, que es una maravilla. ¿Para qué voy a ir al cine? Desde que era joven, mi sueño siempre fue tener una sala para mí solo en casa. Ahora vas al cine y, aunque estén proyectando una tragedia griega, ves a todo el mundo comiendo palomitas y bebiéndose una coca-cola. Todo se ha banalizado. Pienso que ciertas películas requieren un ritual, como ir a misa. Y hoy en día es raro ver una buena película.

—¿Qué le parece el reciente aluvión de películas de superhéroes?

—Mucha gente se sorprenderá, pero a mí lo que más me gusta son las películas de catástrofes. Me parecen una maravilla, preciosas de ver, cuando ves como destruyen las ciudades, como «El día de mañana» o «2012». Es una pena que no tengan un poco más de imaginación para hacer una historia menos tonta.

—¿Es complicado para usted escoger al mejor director de la historia de España?

—No, es Buñuel, no hay ninguna duda. Está muy por encima de todos los demás por su imaginación y su creatividad.

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